De Psiquiatras, Psicólogos y Coachers

Todos tenemos una misión...

Todos tenemos una misión…

Desde que comencé a trabajar de forma más privada e individual en mi profesión me han preguntado, un buen número de veces, sobre las diferencias entre un Psiquiatra y un Psicólogo, cuándo debemos acudir a uno o a otro. Asimismo, otra figura que emergió hace casi una década del modelo deportivo americano, «Coaching» (entrenamiento), para solventar carencias y enriquecer recursos humanos en las empresas, se ha incorporado también como «sanador» de infelicidades. El «Coach» es una especie de «entrenador» en la carrera de la vida, es un facilitador—en el sentido de motivar—de «sueños y deseos» insatisfechos en personas con problemas de auto-estima, deprimidos merced a una sociedad que en lugar de caminar, va corriendo a todas partes para obtener el «number one».

Las tres profesiones tienen en común el mismo radical: el alma humana, aunque su forma de abordarla sea muy distinta. Para el Psiquiatra el alma enferma se cura con medicinas; el mal (el desequilibrio) reside en la esfera de la cabeza (cerebro). Algunos Psicólogos, que también se acercan al modelo psiquiátrico, consideran que el mal reside en la esfera de la conducta o de los pensamientos erróneos; la persona mejorará con ejercicios y disciplina mental. Para otros Psicólogos, el alma representa un constante reto de estudio/análisis y se sana con introspección, consciencia y muchas dosis de luz. La deficiencia se encuentra en la esfera de los sentimientos o en un mundo emocional manejado de una forma precaria. Para el Coach, el alma es solo un instrumento en una sociedad cada vez más exigente y materialista, es un globo que debe ir soltando lastre para conseguir un «buen vuelo» hacia el futuro. No existen enfermos (como para los Psicólogos) o enfermedades mentales (para los Psiquiatras), el trabajo de «entrenamiento» en la vida debe partir de la esfera de la voluntad.  

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Todas implican labores sociales muy serias y especializadas en las que entra en juego un bien muy preciado: la salud. Por ello, independientemente del profesional que elijamos para trabajar, debemos poner especial cuidado en acudir siempre a alguien titulado y con experiencia. Parece que la Psiquiatría, al estar más cerca de la medicina, ha sido (y es) una profesión más respetada. Sin embargo, la Psicología se ha convertido en algunas ocasiones en motivo de chanza o en algo poco laudatorio. Se juega con sus conceptos y se trivializan sus métodos. ¡Cuántas veces he escuchado aquello tan funesto como petulante de «yo también soy muy buen psicólogo sin haber estudiado»!  Durante mucho tiempo, nuestra labor ha sido denostada y subestimada por determinados profesionales del mundo de la salud. Por fortuna, este aspecto está cambiando poco a poco. Muchas personas ya se han percatado de que todas la funciones sociales deben intercambiar sus conocimientos y ayudarse mutuamente; siempre y cuando se respete el «terreno» en el que nos movemos cada uno. Un Psiquiatra podrá ser un excelente terapeuta; sin embargo, la labor del psicólogo va más allá de los psicofármacos como principales inductores del «equilibrio». Un Psicólogo puede dar pautas de futuro a un paciente que no se atreve a afrontar un cambio de planes en su vida, pero un Coach estará mejor preparado a la hora de facilitarle ese «entrenamiento». Asimismo, el Coach podría trabajar, en un momento determinado del proceso, un abatimiento puntual de la persona que «entrena». Aunque si ese decaimiento persiste, no debería continuar con la «carrera» y delegar la tarea «emocional» al Psicólogo.

Poned especial cuidado en aquellos ciber-lugares que hemos bautizado «gato por liebre». Rincones de la red en los que se juega a representar el papel de «Terapeuta», Psicólogos o Coachers; que ofrecen sus «consejitos» y escriben artículos sin estar titulados en ningún campo relacionado con la salud. Las nuevas tecnologías nos acercan a gente muy valiosa, pero también son proclives a anegar la red de verdadera morralla.

Llegados a este punto, dar más explicaciones técnicas o teóricas me parece un poco aburrido. Se me ha ocurrido un cuento o parábola desde mi experiencia y forma de sentir estas profesiones tan afines como distantes. Que lo disfrutéis.

Cojamos las riendas de nuestra Vida para tener el destino en nuestras manos...

Cojamos las riendas de nuestra Vida para tener el destino en nuestras manos…

Los Curanderos de la Tribu: «Psiquiatra-san», «Psicólogo-san» y «Coach-san».

Hace mucho, mucho tiempo, existió una tribu de personas muy extrañas. Conforme crecían o se hacían mayores, sus corazones y espíritus se tornaban pequeños, regresaban a la infancia mostrándose caprichosos, inconstantes y enfadados. No evolucionaban ni acumulaban sabiduría, como era de esperar o habían predicho los ancianos más venerables, que se marchitaban en lánguidas, grises y tristes covachas en lugar de custodiar al grupo.

A los más pequeños, cuando llegaban a la pubertad, les asaltaban grandes y sanadoras ideas para el grupo, pero los mayores hacían caso omiso, andaban muy ocupados en sus rabietas de adulto y quebrantos egocéntricos. Los caballos transitaban salvajes, encabritados, sin ninguna mano que sujetara sus riendas. Las diligencias corrían, desbocadas, sin un cochero que las gobernara. Y la gente deambulaba por los caminos y aledaños como si, de pronto, se hubieran sumido en un profundo sueño y no se dieran cuenta de gran cosa.

Y así transcurrieron varias épocas, con sus ciclos, lunas y estaciones. Las cosas empeoraban muy deprisa. El mundo se cuajaba de desgracias y de seres fusiformes y adversos. La tribu vivía el invierno más largo y la noche más oscura. La gente se sentía como si una puerta invisible y gigante se hubiera abierto ante ellos pero nadie se atreviera a cruzarla. Miedo, culpa, rabia, dolor, inseguridad, tristeza, desgana e inquietud, mucha inquietud, de esa que aguijonea el cuerpo cuando se avecina una fuerte tormenta. Muchas personas querían mejorar, cumplir sus sueños y mirar hacia adelante, más no encontraban cómo hacerlo o los pasos para lograrlo. Otras, solo deseaban visitar su pasado y limpiar todo el dolor acumulado, sin más deseos que disfrutar de un aire fresco y sano, dejando atrás miedos, titubeos, lágrimas y esas enfermizas prisas innecesarias, moneda de cambio de aquellos tiempos. Algunas se encontraban muy mal y se conformaban con algún brebaje que, de momento, les aliviara el malestar y los achaques de los que eran víctimas a diario.

Un día, el sanador de la tribu decidió emprender un largo viaje para buscar apoyo. Él solo no abarcaba tanta pesadumbre. Sus pócimas curativas habían provocado extraños efectos en los más sensibles. Acompañó a unas cuantas en sus «viajes» al pasado para coger de nuevo el timón de sus carruajes; sin embargo, la congoja y la angustia, lejos de mejorar o desaparecer para siempre, habían mutado a una negrura aún más abisal. También hizo largos recorridos, de aquí para allá, ayudando a algunos a buscar sus aspiraciones, pero rápido se cansaban y recuperaban su tono flemático y desganado. Se percató de que la misma persona no podía con todo y partió en busca de auxilio.

Al cabo de dos lunas regresó con un hombre y una mujer muy peculiares. La mujer, de aspecto diligente y tez morena, conocía interesantes ejercicios, efectivos adiestramientos para realizar las mejores «carreras» y «excursiones» hacia lugares anhelados. Desde el punto de salida, o en el que se hallaba la persona, hasta lo que deseara ser, hacer o donde quisiera llegar. Se llamaba «Coach-san» y se dedicó a entrenar a la tribu para que lograra sus sueños. El hombre, rostro amable y mirada líquida, era un observador estudioso y gran versado en el alma humana. Experto descubridor de atolones anímicos, se calzaba las aletas de buceo sin dilación con el fin de ayudar a transformar las negruras abisales en luminosos arrecifes de corales, caballitos y estrellas. El más adecuado en rescatar despistados «directores de orquesta» en algún recodo del camino, que habían dejado sus «instrumentos» desafinados y mal avenidos. Decía ser «Psicólogo-san» y auxilió a todas las personas que se hallaban sin «cochero». Les preparó para que cogieran sin miedo el ronzal de sus caballos descontrolados y les enseñó a conducir sus carruajes, sin olvidar las cosas aprendidas en otros tiempos.

El sanador de la tribu, convencido de haber encontrado a los mejores curanderos para su clan, quedó liberado de gran parte de trabajo y se consagró por entero a sus bebedizos. Intentó acoger cualquier molestia, malestar o efecto incómodo que sufriera el cuerpo cuando la cabeza enfermaba y se «marchaba» lejos. Le llamaron «Psiquiatra-san» y si sus pócimas no daban resultado, dejaban «dormida» o «fuera de juego» a la gente, pedía ayuda a «Psicólogo-san». Este, de la misma forma, cuando observaba a alguien incapaz de sumergirse en las profundidades para agarrar sus riendas, le enviaba a por un brebaje de «Psiquiatra-san» que le ayudara a enfrentarse a dicho trabajo de manera más calmada. «Coach-san» trabajó sobre todo con grupos, pero cuando lo hacía de forma individual, jamás interfirió en la labor de «Psicólogo-san». Ambos curanderos sabían muy bien qué debían hacer. Incluso, «Coach-san» envió algunas personas a «Psicólogo-san», aquellas que durante el trayecto hacia sus sueños habían confundido el rumbo y necesitaban volver hacia atrás para revisar algo necesario. «Psiquiatra-san» también conversaba y escuchaba de vez en cuando a aquellos que le pedían uno de sus ungüentos o bebedizos; sin embargo, pronto se los remitía a «Psicólogo-san» para que continuara con su labor.

El trabajo se convirtió en una verdadera cadena de colaboración entre los tres curanderos. Nadie se metía en el terreno del otro y todos se enriquecían de la tarea de los demás. Algunas veces, en los casos más graves, acudían a «Psiquiatra-san» que los tranquilizaba con sus pócimas. Pero la gran mayoría, cuando por fin arrancaban a llorar y reconocían su problema, iban a «Psicólogo-san» que los preparaba para «ir soltando lastre». Les aventuraba a viajar al pasado y sujetar otra vez las bridas de sus caballos solitarios y asustados. Una vez que el «cochero» ya estaba presente en cada «diligencia», llegaban hasta «Coach-san» que les enseñaba a mirar hacia delante y a cumplir sus propósitos en la vida.

Y así, poco a poco, la tribu fue sanando de todos los arraigados males que padecía hacía muchas eras. Por fin, los adultos comenzaron a evolucionar y a transitar el camino adecuado para «volver a Casa».

Autor de este artículo: Mar Cano. Psicóloga de “Tu Espacio para Sanar”, Logopeda y Escritora. 
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