Y el verano pasa…

No permitas que el verano te deje varado.... Fotografía  © JuanC

No permitas que el verano te deje varado…. Fotografía © JuanC

Bendito sea el verano del 2014, las temperaturas continúan muy soportables, incluso en la capital, Madrid. No recordaba un verano así desde hacía años. Y una de las peores plagas del verano, los incendios, se ha mantenido prácticamente al margen de los titulares de las noticias, que no es poco. Así las cosas, espero con paciencia y sin prisa la llegada de septiembre, sin agobiarme por el calor que aún esté por llegar.

El verano es la estación más deseada por la mayoría, al menos en España queda patente que es así. Quizás sea una mezcla de factores: las vacaciones, los largos y soleados días, esas dilatadas noches de febril actividad humana, la temperatura… Es fácil escuchar durante el resto de las estaciones cómo, en general, se desea que los días «fríos y oscuros» pasen pronto.

Es curioso que viviendo en un país situado tan al sur en el hemisferio norte, nos quejemos tanto de nuestros inviernos, que en comparación con los de otros países más al norte, son bastante más suaves. Por tanto, es una percepción palmaria la existencia dual que muchos llevan, en relación a las estaciones y a lo que cada una de ellas nos trae. Se desea una especie de climatología inmutable y salutífera basada en la ausencia de lluvias y en temperaturas más bien altas, disfrutar de la playa cualquier día del año y exponer nuestra piel a la luz que emite el astro rey.

Sin embargo, la «inconsciencia» de estos deseos nos aleja de la verdadera vivencia de los ciclos de la naturaleza: coexistimos en un mundo regido por leyes que están por encima de nosotros, formando parte de un sistema que, quizás, deberíamos de esforzarnos por comprender. Parece como si el mundo fuera una especie de «gran despensa» a nuestra completa disposición; por ejemplo, el deseo de poder comer cualquier clase de fruta en cualquier día del año refleja esta tendencia.

Otra observación que escuchamos a menudo es que los solsticios ya no existen: no hay primavera, tampoco otoño. Existe una tendencia general que se olvida de reparar en los signos, a veces muy tenues, que caracterizan a cada estación. No es extraño que terminemos viviendo en un eterno «estado mental» en relación al mundo. Definimos este estado como la negación (por parte de la mente) de acomodarse a la realidad, cegando las percepciones que llegan desde el exterior, cortocircuitándolas con prejuicios. De esta manera acaban aislándose del mundo que las alberga, que las nutre.

Y pensamos que es en este vivir «disociado» donde se aposenta el «mito» de las vacaciones. Existe una idolatría tal hacia este concepto y las vivencias vinculadas, que resulta difícil, incluso, cuestionar sus aspectos negativos. Y sin embargo, pese a que los días de asueto anuales nacieron con la idea de permitir un descanso respecto de la vida laboral, un alivio, a menudo se convierten en lo contrario. Por ejemplo, en más de una ocasión habréis observado un rictus de mal humor en algunas personas que ya han regresado de ese «relax» tan esperado. Alguien diría que esto es normal. Sin embargo, ¡es exactamente el mismo malhumor del que hacían gala justo antes de marcharse! Es decir: ¿es posible que las vacaciones no tengan un papel terapéutico, balsámico, que no sean capaces de mejorar el humor de las personas? Entonces, ¿para qué sirven?

Parece ser que nuestros ansiados «días de descanso» pueden convertirse en otro estado disociado más si no echamos mano del farolillo de la consciencia. Se piensa (o se siente) que esta época debería de ser el estado ideal, y no la excepción, como es en realidad. El mal humor del que hablamos aparece justo unos días antes de que las personas vuelvan a sus residencias y quehaceres habituales, en el momento en que se percibe que «se acabó lo bueno». Quizás nos comportemos de forma irracional ante un hecho que no admite demasiadas interpretaciones.

«Debería buscarme la forma de vivir aquí, esto es lo que yo quiero», pensamiento común que muchas veces hemos escuchado, en relación a las vivencias en los distintos destinos vacacionales. Se da voz a este deseo sin pararse a pensar que, con mucha probabilidad, esa forma idílica de vivir ¡anularía las vacaciones del que lo desea! Además, en muchos de los lugares veraniegos, la forma de ganarse la vida tiene mucho que ver con el período estival, y se acumula en su gran mayoría en el «sector servicios». Pero si reflexionamos auspiciados por nuestra consciencia, nos daremos cuenta de que absolutamente en ningún lugar se «atan los perros con longaniza»: ganarse la vida nunca fue una tarea sencilla.

Entonces, una vez que hemos desechado la imagen idílica de vivir en nuestro destino vacacional, y si usamos el sentido común, no nos debería poner de mal humor el regresar a nuestras tareas cotidianas. Al fin y al cabo, hemos disfrutado de unos días de relax, de no trabajar (a menudo, ni siquiera de cocinar nuestros alimentos), de ver y conocer a personas nuevas… Creemos que todo esto debería ser terapéutico, sanador en sí mismo, y no al revés.

Sin embargo, podemos hablar de otro síntoma de «disociación de la realidad» respecto a las vacaciones; éste gira en torno a las discusiones en el seno de la familia, en concreto, de la pareja. Cuando llega septiembre, los titulares de las noticias hacen hincapié en el número de divorcios y separaciones que se dan después del verano. ¿En qué momento se han producido estas situaciones límite, que han forzado la ruptura de una pareja? Durante el mítico y «bienhadado» período vacacional, sin duda. La receta es sencilla: en una pareja en la que cada uno de los componentes lleva a diario una vida separada, en la que sólo conviven prácticamente en el momento de la cena, es muy fácil camuflar las desavenencias. Pero llegan los días de evasión tan deseados, y esta pareja, que aparentaba llevarse bien, se mete de lleno en una vorágine de discusiones y enfrentamientos.

Cuando dos personas no se conocen bien, no han llegado a una relación de respeto mutuo, se relacionan a través de «el doble»: un aspecto anímico que se destapa a través de proyecciones psicológicas y que tiene la mala costumbre de exagerar los aspectos negativos del otro. Por tanto, mi pareja (mi marido o mi esposa) se convierte en unos días, como por arte de magia, en mi mayor enemigo. Añadamos que el verano, ya de por sí, posee ciertas propiedades que agravan mucho estos problemas y que tienen que ver con una exaltación de lo sensual, en detrimento de lo racional, de lo espiritual; se tiende a exacerbar las emociones, a dejarlas correr sin riendas.

Lo cierto es que muchas parejas llegan a lo que podemos empezar a llamar «trámite vacacional» con los deberes de la convivencia sin terminar. Quizás, por llevar poco tiempo juntos, no se conocían lo suficiente o aquellos aspectos que les unían terminan diluidos u olvidados, como se derrite un helado al sol.

El caso es que estos días excepcionales que, repitámoslo, tendrían que albergar su efecto terapéutico, acaban comportándose como un auténtico vórtice en donde se concentran las fuerzas centrífugas de la ruptura (o el deseo de la misma): con el trabajo, con la pareja… Bien podría ser éste un acertado tema de meditación para ayudarnos a bajar de las nubes y tocar tierra (¡bendita Tierra!).

De igual forma, programarnos un exceso de actividades en un corto espacio de tiempo, se convierte en otra fuente de malas experiencias durante el asueto estival. Sobre todo si viajamos y visitamos un país extranjero: muchas veces, el ritmo impuesto es tan fuerte, que al cabo de unos pocos días uno tiene la sensación de estar sometido a una disciplina militar, en lugar de a los planes para disfrutar de unos días de relax.

Una de las mejores terapias que existen en vacaciones es dormir, aprovechar que no hay madrugones (salvo que uno mismo se los imponga). Al cabo de unos días de tan recomendable terapia, sentirás que tus baterías se recargan de verdad. Es una magnífica base para conseguir un estado de ánimo positivo. Volver de vacaciones más cansado de lo que uno se fue, es una auténtica paradoja, sólo justificable por motivos rocambolescos.

El caso es que, en este momento, al estío (en el Hemisferio Norte) le queda prácticamente un mes hasta la llegada del otoño. Tratemos de disfrutar de todas sus virtudes (que son pocas), sin olvidar que como las demás, el verano es otra estación pasajera y que no resulta muy saludable convertir esta época del año en algo que no es. Todos los paraísos son, en el fondo, cárceles hábilmente disfrazadas.

Autor de este artículo: JuanC.
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