Los Prejuicios

Los prejuicios nos convierten en verdaderos miopes anímicos.

Los prejuicios nos convierten en verdaderos miopes anímicos.

En esta entrada nos dedicaremos a un tema muy relacionado con la Psicología Cognitiva (parte de la Psicología encargada de estudiar la cognición o los procesos mentales implicados en el conocimiento); y al que diversos psicólogos han dedicado su tiempo, investigando acerca de estas «entidades mentales»: los prejuicios.

Según algunos investigadores, los prejuicios resultarían valiosos para los individuos en términos de procesos relacionados con la «selección natural», ya que supondrían un ahorro de recursos para el sistema cognitivo. Pero analicemos un poco la naturaleza de estos constructos.

En términos de una Ciencia Cognitiva, se trata de auténticos «mini-programas» que se ponen en marcha bajo determinadas circunstancias. Bloquean juicios posteriores para permitir que nuestro «cerebro» produzca una respuesta prefabricada o elaborada con antelación. Pongamos algunos ejemplos.

«Los alemanes son personas “cuadriculadas”»: un «pensamiento» racial muy extendido en nuestro país para calificar a los habitantes de Alemania.

«La dieta mediterránea permite a los españoles gozar de buena salud»: emitido desde los estamentos sanitarios de cuando en cuando, a través de los medios de comunicación.

«Practicar deporte todos los días es imprescindible para prevenir muchas enfermedades»: otra «rutina profiláctica» que se escucha muy a menudo.

«Los coches italianos no son de fiar»: prejuicio muy habitual en nuestro país que se sustenta en el contrario: «Los coches alemanes son los mejores».

Y así podríamos continuar de manera indefinida. Lo importante para nuestro análisis es caracterizar la génesis, funcionamiento y el valor que poseen estas «entidades mentales» para nosotros.

La mayoría de nuestros prejuicios no son originales, no los hemos creado nosotros. Provienen de la cultura y con toda probabilidad los hemos asimilado sin oposición alguna. Hemos escuchado una infinita variedad de ellos a los adultos que nos han acompañado durante nuestra infancia. La gran mayoría los hemos «echado al hatillo» y forman parte de nuestro bagaje cultural, a menudo teñidos por ciertas emociones relacionadas con el sentimiento de pertenencia a un grupo.

Desde el punto de vista cognitivo actúan como auténticos relés: vuelven a dirigir nuestra «respuesta» impidiendo que otros «circuitos» de mayor profundidad continúen con un análisis más completo de la información. En cierto modo, economizan recursos de procesamiento mental para el «individuo». Lo curioso de estos «constructos» que hemos «almacenado» es que siguen ahí con el paso del tiempo, no tienen carácter volátil, como le pasa a la memoria a medio plazo. Incluso, son muy resistentes a la sustitución; es más, se verán reforzados por otros que se relacionen semántica y emocionalmente entre si, formando una especie de «red cognitiva».

Hasta aquí el análisis, más o menos convencional, de la naturaleza de los prejuicios. Entramos ahora en el mundo del Pensar. La Psicología de «Tu Espacio para Sanar» mantiene como premisa la existencia de un núcleo en la persona: el «Yo». Esta parte esencial se origina en los mundos de los significados y del lenguaje, fuerzas creadoras al alcance de cualquier ser humano. Muchas enfermedades psicológicas se desarrollan a través de «quistes» en el entendimiento, de pensamientos irracionales. Los prejuicios, desde este punto de vista, serían auténticos «coágulos» situados en el tejido anímico de la persona. Con el lenguaje y un pensar sano podemos explorar cualquier realidad que se nos aproxime, con mayor o menor profundidad. La naturaleza del «Yo» (núcleo esencial de nuestra persona) exige «conocer» lo que se presenta ante él. Todo contexto próximo es inteligible o sea, está compuesto por significados. ¿Y qué es un prejuicio visto desde estas coordenadas? Algo ajeno al entendimiento. Si sometemos a un examen minucioso cualquiera de ellos, nos daremos cuenta de que estas «entidades mentales» no resisten el más mínimo análisis racional.

De nuevo, veamos un ejemplo. «La dieta mediterránea permite a los españoles gozar de buena salud» (curiosamente Grecia e Italia también se sitúan en el Mediterráneo). Esta «saludable» forma de comer, basada —según nuestros «informadores»— en el consumo de aceite de oliva, pescados azules, ensaladas y verduras de la huerta, no se corresponde con la realidad que observamos en este país cuando salimos a comer fuera. En España consumimos muchos alimentos ricos en grasas animales, poco pescado y además, el aceite de oliva se sustituye muy a menudo por otros tipos de aceite más económicos y menos indicados para nuestra salud. ¿Dónde quedó la dieta mediterránea entonces? Os recomendamos revisar en la Wikipedia lo que dicen respecto al origen de este término, es muy curioso.

Este ejemplo tan sencillo, casi obvio, nos ayuda, sin embargo, a plantar cara al «inofensivo amiguito». El «señorito-prejuicio de la dieta mediterránea» aparecerá cuando menos se espere —si es que hemos incorporado este «bicho» a nuestro bagaje cultural— e impedirá a nuestro «Yo» analizar en mayor profundidad cualquier situación relacionada con este tema. Esto significa, ni más ni menos, que la pretendidamente beneficiosa «economía de medios» de nuestro «sistema cognitivo»… ¡está dejando al «Yo» sin trabajo! Si ahora escalamos esta situación y la extendemos al resto de prejuicios que hemos «coleccionado» a lo largo de nuestra vida, nos haremos una idea de la gravedad de la situación: estos «constructos» tan bien afincados en nuestra mente no nos permiten Pensar, ni más ni menos. Y el Pensar es una facultad que se ejerce a través y mediante el «Yo». Es una aptitud que se desarrolla ejercitándola, no es algo dado.

Quién no se ha cruzado a menudo con personas que emiten su consejo «tajante» a propósito de algún suceso acaecido en nuestra vida. Ellos ya han vivido situaciones similares y se permiten aconsejarnos de forma «inequívoca». Lo recomendable sería tomar estas orientaciones «con un grano de sal», ya que se ofrecen de forma «petrificada». Es triste que alguien de por sentado que, a una determinada edad, ya sabe todo del mundo. Esta gente «ya no ha de temer nada» porque quizás «ya sepa» cómo responder ante cualquier eventualidad. Sin embargo, cada situación en la existencia es distinta, y se afronta desde la historia vital de cada uno. Incluso el hecho más prosaico y, en apariencia, clasificable, puede desenvolverse de forma muy distinta para cada uno de nosotros.

Constituye un error de apreciación muy importante confundir la «actividad refleja» que se ejerce desde los prejuicios con el Pensar. Si no existe un «Pensar viviente» no puede haber «Yo», y viceversa. Es posible que muchos confundan los «coágulos de pensamientos» con un Pensar sano. Sin embargo, cualquiera que haya descubierto la claridad del pensamiento, ejercida desde la libertad, no lo hará. Ambas cosas resultan muy evidentes bajo cualquier examen mínimamente consciente; además, los «bastos» esquemas que suponen los prejuicios no se han contrastado con anterioridad.

Despedimos esta entrada con una invitación a explorar de forma consciente «nuestras cavernas más recónditas». Los prejuicios fuertemente anidados se relacionan con emociones muy profundas y rechazan con mayor intensidad nuestra exploración consciente. Os dejamos con esta advertencia, como ejercicio preliminar para los más intrépidos exploradores de sus propias almas…

Autor de este artículo: JuanC.
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